sábado, 30 de julio de 2011

El primer abstracto colombiano


"Se buscan familiares de Marco Ospina". Este anuncio apareció el año pasado en el periódico El Tiempo. Nadie en el mundo del arte sabía qué había pasado con la obra de Ospina, el primer pintor abstracto colombiano. Todo estaba perdido. Tan sólo había localizadas cinco o siete piezas. Y ocurrió el milagro. En México apareció su hija y con ella 500 obras entre acuarelas, pinturas y dibujos.

Marco Ospina nunca fue un artista reconocido, ni sus obras inundaron el mercado; tampoco llegaron a las subastas internacionales. Pero él aterrizó antes que otros colombianos, como Wiedemann, Negret y Ramírez Villamizar, en el fascinante territorio de la abstracción, en una época en la que el arte nacional se debatía entre el muralismo mexicano o la academia francesa. Su Capricho vegetal, de 1943, es la obra que inaugura el arte abstracto en Colombia.

Caricaturista, diseñador de carteles y escenografías teatrales, muralista, escritor para publicaciones de corte político, profesor y crítico de arte, nació en Bogotá en 1932, murió en 1983 y perteneció a la Generación Bauche junto con otros artistas que plasmaron la identidad nacional y las raíces históricas.

Hace unos días visité en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño de Bogotá la exposición "Pintura y Realidad", que toma el nombre de un ensayo en el que, en veintiún páginas y con imágenes de Buda y Picasso, Marco Ospina dice cosas como que “el arte de la pintura es el arte del espacio, de la forma y de los colores. Ha sido creado por el hombre con el fin de plasmar el ritmo y la armonía que rigen el movimiento de todos los seres y de todos los fenómenos del universo”. Tendré que buscar este libro.

Yo para terminar me quedo con una cita de su hija Zoraida: "Para mi papá la abstracción estaba en la naturaleza. Me decía que un árbol no era el mismo desde cierta distancia o en un atardecer en Boyacá".

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